Estoy en un tren. Es un tren muy parecido a los del FFCC Sarmiento, está en el mismo estado, los baños hediondos, muchos coches con poca o ninguna luz, pero es inmenso, larguísimo. El tren está aún detenido en la estación, que parece ser la de Once. En el andén puedo ver a algunos conocidos, está Mollo con Patricio y Marina y algunos más que no percibo individualmente pero sé que son parte del grupo. Arriba del tren hay otros, sé que están Zippo, Pablo, algunos más. Recorro un pasillo que está bastante oscuro, y me cruzo con una mujer. Es Gabriela. Al principio me cuesta reconocerla porque ahora lleva el pelo cortito (se parece notablemente a Cabezón Cámara). Siento una gran alegría al encontrarla, pero ella me ignora ostensiblemente. Me paro frente a ella e intenta esquivarme, yo la freno y le hablo con lo que estimo como "mucha dignidad" (aunque suena definitivamente pomposo), le digo algo como esto: "Un momentito, Gabriela, ya que tengo esta oportunidad no la quiero desperdiciar. Imagino que creés tener razones para tratarme con tanto desprecio, pero quiero creer que una persona como vos que defiende tantas causas nobles también tendrá una explicación para esto." Ella va a hablar pero entonces se queda como cortada, como si no supiera bien qué decir. Lo piensa un momento y luego me dice: "no te hagas la boluda, ya me contaron que vos rompiste mi muñeca negra." Esto me deja estupefacta y en un principio no sé a qué se refiere, entonces empiezo a recordar, con esfuerzo, que en alguna reunión en su casa alguien me dio una muñeca de trapo toda descosida. Recuerdo haberla tenido en mis manos, recuerdo haberla cuidado para que no se perdiera, pero no recuerdo más que eso y me siento muy angustiada por no poder explicar qué pasó luego con la muñeca negra, y todo lo que sé es que cuando me la dieron ya estaba rota. Intento explicárselo, pero la pena y la impotencia me quiebran la voz. Gabriela parece a la vez furiosa y avergonzada, resulta claro que ella tampoco está muy segura acerca de qué me estaba acusando pero que insiste en sostener la actitud, y esto de alguna manera me permite a mí soltarme. Me digo a mí misma que si esa es la manera en que Gab actúa, entonces qué sentido tiene insistir en la amistad. Pienso en alertarla, pero en cambio le sonrío y la dejo seguir su camino, siento una gran paz interior.
Me despierto con una sensación de resaca y tristeza.
lunes, 11 de octubre de 2010
10.09.21: Equinoccio
Estoy en otro lugar, se parece un poco a Capilla del Monte. Hay más gente, mucha, como si hubiera algún tipo de festival. Conozco a algunos pocos, entre ellos Javi. Estamos en la cima de una especie de meseta, una montaña petisa y roma, y arriba se están juntando nubes, pero a una velocidad inusual. Como si estuviéramos justo debajo de un centro de baja presión. La imagen es muy fotográfica, veo cómo se van arremolinando las nubes y se forma una espesa niebla en movimiento. Hay algo tan raro y poco natural en eso, es demasiado rápido, como forzado. Se lo digo a Javier, le digo que estemos atento a eso, que es artificial, algo raro. Procuro no mirar directamente sino con el rabillo del ojo y alcanzo a ver que, atrás de las nubes, o mezclado entre ellas, se está armando un remolino gigante, poderoso, eléctrico. No hay viento, nada de viento. Pienso que está obteniendo energía directamente de la tierra y de los que estamos allí. Me alarma, aunque no me siento amenazada. Pienso que tengo que alertar a Manuel, y lo busco entre la gente aunque ahora parece que estamos en Once, incluso veo la estación de trenes y la plaza. La situación onírica gana en tensión, las caras crispadas, el aire eléctrico, y el enorme remolino que no se percibe a simple vista. Y eso es todo
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