miércoles, 30 de junio de 2010
10.06.30: Sueño de la casa de piedra mar del plata
En el sueño camino llevando a Fran a la escuela. Son sus primeros días en 1er grado y estamos viviendo en otra ciudad. La calle por donde lo llevo es peatonal, caminamos de la mano. Siento la misma mezcla de afecto y ansiedad que cuando lo llevo en la vigilia, esa sensación de ir cuidándolo.Curiosamente, lo llevo tomándolo con mi mano derecha (en la vigilia siempre lo llevo con la mano izquierda). Llegamos hasta una casa muy grande, que tiene la fachada revestida en piedra mar del plata (en la vigilia siempre me atrajeron mucho estas fachadas). No es la escuela, es sólo la casa de una señora. Hace calor, y la casa tiene una entrada de autos que me resulta muy acogedora, muy fresca. Hay niños allí y a Fran lo atrae esto. Sé, no sé cómo, que en la casa vive una señora de edad, viuda, a la que le gustan mucho los niños. Sé que también hay una empleada, también ya de cierta edad. Todo, el frescor de la entrada, el saber de la viuda y su empleada, los niños jugando en la entrada de autos, resulta muy acogedor, muy sin peligro. Fran se suelta de mi mano y va a jugar con los niños, lo dejo ir. Sé que luego un transporte escolar los llevará desde ahí mismo a la escuela. De alguna manera descanso en esto, me desligo del tema. La casa queda vacía, salvo la empleada que anda por ahí y a quien no parece importarle en absoluto mi presencia. Paseo por la casa, que tiene muchos ambientes y me gusta mucho. Miro la casa desde otra perspectiva y me doy cuenta de cuán grande es, cómo se estira en una sola planta hasta casi mitad de cuadra. Me quedo en la cocina. Es casi de noche y llega Javi. Le muestro la casa, entusiasmada, sé que no es mi casa pero al parecer estoy eligiendo estar allí, o también estoy esperando a Fran, no estoy segura. Javi me da un abrazo muy cálido, como es costumbre entre nosotros, pero el abrazo se transforma en apasionado. En el sueño tenemos la misma exacta altura, veo sus ojos a la altura de los míos y nos estamos mirando con un conocimiento y cariño de años, ninguna vergüenza ni sorpresa. Y lo separo de mí, porque en ese conocimiento está todo lo que es Javi y todo lo que soy yo. No hay rechazo, dolor ni resentimiento en la acción de separarlo de mí. Tampoco la sensación de "agradecimiento" que suelo experimentar hacia los hombres que me encuentran atractiva, de alguna manera sé que no es una cuestión de atracción. Es el mismo cariño y la misma amistad de siempre, la acción es más bien la constatación de que deseo conservar las cosas así, y también él. Llega la dueña de casa y por un momento me siento avergonzada de haber estado jugando a ser la dueña de casa, pero a la señora no parece importarle, está como muy atareada y creo que menciona algo de estar de paso, como si viniera de un viaje o tuviera que irse.
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