miércoles, 18 de agosto de 2010

10.08.18: Dos sueños con abuela Porota

Creo que sucedieron en la misma noche, o fue un sueño dentro de otro, o recordé el primero al soñar el segundo. En todo caso, me quedó la sensación de que fueron dos. Del primero recuerdo poco, salvo que aparecía esta abuela, muerta ya hace once años, y yo dudaba, no recordaba bien, en el sueño, si había muerto o no.
En el segundo sueño (cada vez estoy más segura de que fue todo un único sueño), era de noche y yo acababa de llegar (no sé cómo, sospecho un tren) a alguna parte que sentía como Chivilcoy, pero cuyo paisaje era el de Salamanca. Estaba en el puente romano y el puente era parte de una propiedad que de alguna forma era mía o de mi familia, es decir estaba allí en el puente y a la vez estaba en casa, la casa de mi madre, pero en mi sueño yo aún estaba lo suficientemente ligada a mi familia como para considerar a ésa mi casa. Estaba sola, de noche, sobre el puente, y sé que cerca de allí andaba mi familia, aunque no veía a nadie. Y entonces veo venir a mi abuela. Yo sabía que había muerto pero no me resultaba nada extraordinario que apareciera allí, era como ver a alguien que inició un viaje hace mucho tiempo y su regreso es inesperado pero posible. Sentía una alegría enorme de encontrarla. En el sueño ella se veía como ni siquiera la recuerdo en vida, con una juventud que naturalmente no le conocí más que en fotos, pero era inequívocamente mi abuela. Se veía sana, fuerte, feliz, y apenas si rengueaba ligeramente (como yo ahora). Yo, que en el sueño era como soy ahora, me acercaba a ella haciendo esfuerzos para no renguear, y la abrazaba con un abrazo de mujer a mujer, no de nieta a abuela, reconociendo a una amiga, a un par. En el momento en que me acercaba sentía el habitual dolor en la pierna y pensaba que mi abuela había vivido cuarenta años con ese mismo dolor, y esto era otra cosa que también me hermanaba a ella. Quería que conociera a Francisco pero Francisco no estaba por ninguna parte, y mientras la abrazaba buscaba de avisar a mi familia que la abuela había regresado, pero no lograba ver a nadie en la oscuridad circundante (sólo había luz en el puente). Y me sentía tan feliz, tan  amparada abrazando a esa mujer sencilla cuyo amor ligero e incondicional era tan palpable como el que me tuvo en vida.

Ya despierta recordé los dichos de Castaneda acerca de los inorgánicos, y me acordé de cuando practicaba y podía (o creía, en el sueño) detectarlos y evitarlos.
También pensé en el amor que me tuvo alguna gente, como mi abuela, como mi tío Coli, cuya muerte reciente aún tiene tanto de irrealidad. Esa gente que jamás me juzgó ni esperaba de mí que fuera mejor o distinta de lo que era. Gente cuyo amor nunca fue una carga ni algo de que alimentarse, si no puro amparo y descanso.

No hay comentarios:

Publicar un comentario